Luego de la aparición de esa brillante luz el Dr. Usui regresó a un estado de normal de conciencia, el sol estaba alto en el cielo. Se sintió lleno de fuerza y energía y comenzó a descender de la montaña. En el apuro, sin embargo, se lastimó un pie. Lo tomó en sus manos durante algunos minutos, la sangre se detuvo y el dolor desapareció. Ese fue considerado como el primer milagro.
Dado que tenía mucha hambre, se detuvo en una posada en el camino y pidió un gran desayuno. Un hombre que se encontraba por ahí al verlo le aconseja no ingerir tanta comida después de un ayuno tan prolongado, pero el Dr. Usui pudo comer todo sin la menor consecuencia.
La nieta del posadero poseía un intenso dolor de muelas, que sufría desde días atrás. El Dr. Usui aplicó sus manos sobre el rostro hinchado y de inmediato ella se sintió mejor. Corrió hacia su abuelo y le dijo que ese no era un monje común.
El Dr. Usui regresó a su monasterio pero después de unos días decidió partir hacia la cuidad de los mendigos, en el suburbio miserable de Kyoto, para tratar a los menesterosos y ayudarlos a tener una vida mejor. Permaneció siete años en el asilo, tratando muchas enfermedades. No obstante, un día advirtió que no cesaban de regresar los mismos rostros conocidos. Cuando les preguntaba la razón por la cual no habían comenzado una vida nueva, le decían que trabajar resultaba algo problemático y que era mejor seguir mendigando. Con el gran asombro del Dr. Usui, el mismo se dio cuenta que sus sanaciones había olvidado algo de suma importancia, ósea enseñarles gratitud a los mendigos.
Poco después abandonó el asilo y regresó a Kyoto.



